Las
luces se han apagado. La calle ahora está en blanco y negro. No oigo nada más
que mis zapatos arrastrándose a cada paso por el pavimento. No siento nada más
que una mano rozando mi mano. Una silueta escarlata parpadea, se resiste a
apagarse. Una lágrima se desliza con un baile lento. Unos ojos me clavan la
incomodidad en la nunca; mis ojos miran sin ver nada más que el frío de esta
habitación. Algo se agota. Lo hace sin prisa, como queriendo darme tiempo para
adivinar qué es lo que está ocurriendo. Pero sé que hasta que todos los
colores, todos los olores y todas las melodías se hayan ido no lo comprenderé
del todo. Esta acera es demasiado rígida y me siento cansado; esta cama es
demasiado blanda, y me siento cansado; este cuerpo es demasiado pesado, y me
hace sentir cansado. El metrónomo y el piano, insípidos, se niegan a dejar de
arrojar luz, apenas unos colores vagos. El blanco y negro siempre gana. La
silueta se contonea, no sé si burlona, suplicante o angustiada, mientras todas
las sensaciones se difuminan. Busca(mos) algo que no sabe(mos) lo que es. En
esta calle, en esta habitación, en esta esfera que cobija triángulos rotos
siempre busca(mos), mientras los colores se apagan al ritmo de un piano
agotado.
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