jueves, 2 de agosto de 2018

La cueva


            Aquí abajo encontré la entrada a una cueva. Intento bajar lo menos posible, pero a veces la atracción que produce es irremediable. La sensación siempre es la misma: terror. Desconozco qué habrá más allá de esa espesa oscuridad, pero tiemblo al intentar adivinarlo. Su fuerza gravitacional –pues, en efecto, creo percibir que tiene su propia fuerza gravitacional- me atrapa por horas, por días enteros. Mientras más tiempo paso frente a ella, más fenómenos ocurren. El más frecuente es un sonido que se hace cada vez más fuerte, hasta que soy capaz de reconocer una voz sorda y áspera intentando entonar una melodía. Progresivamente, la voz va perdiendo su humanidad hasta convertirse en el estertor final de algún tipo de máquina moribunda. Tras esto, se suceden una serie de crujidos metálicos y un chirriar en el suelo, como si algo enorme y pesado se arrastrara o fuera arrastrado con dificultad. Cada vez se acerca más, pero finalmente todo queda en silencio. Es aquí cuando ocurre el peor de los fenómenos. Cuando todo está en calma, cuando no hay ningún ruido, cuando la fuerza gravitacional desaparece y soy libre de irme, siento que algo me observa. Es un tanto difícil de explicar. No es que yo vea por mí mismo que hay algo en la entrada de la cueva, simplemente lo sé. Hay algo ahí. Justo detrás de mí. Tiene sus ojos ardiendo de furia clavados en mí. Siente mi miedo, huele mi sudor frío, adivina el temblor de mis piernas. Pero no me vuelvo. Huyo. Huyo hasta el siguiente día que sienta su atracción. Hasta que, finalmente, ese algo consiga que le mire directamente a los ojos. ¿Qué ocurrirá entonces?

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