miércoles, 29 de agosto de 2018

Lluvia de verano



-¿Y bien? -preguntó él mientras se asomaba por la ventana.

            Entraba una ligera brisa que disipaba el calor acumulado en la habitación. Las pocas luces que quedaban encendidas en la calle iluminaban aquel cuarto dándole un toque fantasmagórico. La palidez de su piel se acentuaba al contacto con aquella iluminación. Le miraba desde la cama; observaba sus brazos tatuados, su espalda musculada, sus piernas. No sabía cómo expresar lo que sentía dentro de sí. A decir verdad, ni él mismo se entendía.

-Hay luna llena. –agregó, ignorando que su anterior pregunta no había sido respondida, o, quizá, a sabiendas de ello, intentaba romper el silencio que se estaba formando después de que desaparecieran los últimos coches que circulaban por la calle.

            Había perdido la noción del tiempo. Siempre que estaba con él le ocurría lo mismo. Aquel verano se le estaba haciendo interminable desde el momento en el que le había conocido. Hasta ahora había dado las gracias por ello. Pero ya no. Solo quería que aquel instante detenido en el tiempo terminase. Ese día debía ser la última vez que le veía, la última noche de sexo, el último desayuno viendo el amanecer. Tenía que ser así. No sabía qué ocurría en su interior, pero ya no era el mismo. “Quizá siempre he sido así”. Dentro habitaba una criatura cuyas garras le arrancaban de la realidad. Ya apenas dormía. Quería hablar, pero no podía expresarse. “Solo quiero ser alguien normal”.

-Voy a vestirme, que empieza a hacer algo de fresco. Se acaba el verano.

            Sí, se estaba acabando. Todo acababa, excepto la singularidad en su interior. Se le hacía extraño verlo vestido. Habían pasado más tiempo desnudos que con ropa. Ahora, conforme se iba poniendo las distintas prendas, su imagen se le hacía cada vez más lejana. ¿Por qué demonios nunca perdía su sonrisa? Aquella sonrisa sincera y cálida como un abrazo en un día lluvioso. Pero ya ni su sonrisa conseguía arrojar calor alguno en aquel caos. Se difuminaba. Sus prendas carecían de calor. Veía todo en blanco y negro.

-Eres tan dulce. –dijo tras vestirse y acercarse, sonriente, a su lado. –Sé lo que piensas. Sé lo que sientes. Eres tan dulce, pero dentro de ti hay algo tan malvado… Algo que no te permite saborear tu propia dulzura, la única que importa.

            Sus ojos, uno castaño y otro verde, lanzaron la mirada más afable que había experimentado. Nunca la olvidaría. No es posible saber cuánto tiempo pasaron así, uno frente al otro, fijas las miradas, cogidas las manos. Fuera el viento se hacía más fuerte. Un breve parpadeo. Un destello blanco. Un trueno rompió aquel silencio tan íntimo.

Llovía por primera vez en meses.

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