-¿Y bien? -preguntó él mientras
se asomaba por la ventana.
Entraba
una ligera brisa que disipaba el calor acumulado en la habitación. Las pocas
luces que quedaban encendidas en la calle iluminaban aquel cuarto dándole un
toque fantasmagórico. La palidez de su piel se acentuaba al contacto con
aquella iluminación. Le miraba desde la cama; observaba sus brazos tatuados, su
espalda musculada, sus piernas. No sabía cómo expresar lo que sentía dentro de
sí. A decir verdad, ni él mismo se entendía.
-Hay luna llena. –agregó,
ignorando que su anterior pregunta no había sido respondida, o, quizá, a
sabiendas de ello, intentaba romper el silencio que se estaba formando después
de que desaparecieran los últimos coches que circulaban por la calle.
Había
perdido la noción del tiempo. Siempre que estaba con él le ocurría lo mismo. Aquel
verano se le estaba haciendo interminable desde el momento en el que le había
conocido. Hasta ahora había dado las gracias por ello. Pero ya no. Solo quería
que aquel instante detenido en el tiempo terminase. Ese día debía ser la última
vez que le veía, la última noche de sexo, el último desayuno viendo el
amanecer. Tenía que ser así. No sabía qué ocurría en su interior, pero ya no
era el mismo. “Quizá siempre he sido así”. Dentro habitaba una criatura cuyas
garras le arrancaban de la realidad. Ya apenas dormía. Quería hablar, pero no
podía expresarse. “Solo quiero ser alguien normal”.
-Voy a vestirme, que empieza a
hacer algo de fresco. Se acaba el verano.
Sí,
se estaba acabando. Todo acababa, excepto la singularidad en su interior. Se le
hacía extraño verlo vestido. Habían pasado más tiempo desnudos que con ropa.
Ahora, conforme se iba poniendo las distintas prendas, su imagen se le hacía
cada vez más lejana. ¿Por qué demonios nunca perdía su sonrisa? Aquella sonrisa
sincera y cálida como un abrazo en un día lluvioso. Pero ya ni su sonrisa
conseguía arrojar calor alguno en aquel caos. Se difuminaba. Sus prendas
carecían de calor. Veía todo en blanco y negro.
-Eres tan dulce. –dijo tras
vestirse y acercarse, sonriente, a su lado. –Sé lo que piensas. Sé lo que
sientes. Eres tan dulce, pero dentro de ti hay algo tan malvado… Algo que no te
permite saborear tu propia dulzura, la única que importa.
Sus
ojos, uno castaño y otro verde, lanzaron la mirada más afable que había
experimentado. Nunca la olvidaría. No es posible saber cuánto tiempo pasaron
así, uno frente al otro, fijas las miradas, cogidas las manos. Fuera el viento
se hacía más fuerte. Un breve parpadeo. Un destello blanco. Un trueno rompió
aquel silencio tan íntimo.
Llovía
por primera vez en meses.
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