Aquella
mañana se despertó, como todas las demás, a las ocho. Desayunó un vaso de leche
fría acompañado por una tostada casi quemada y se dirigió directamente a la
ducha. Aquella mañana saboreó el agua que caía sobre su cara. Notó algo
distinto en su textura. La escupió. Sin hacer mucho caso a lo sucedido continuó
lavándose: la cara primero, el pelo después, y, finalmente, el cuerpo.
Se
envolvió en una toalla amarilla, corrió la puerta de la ducha y salió.
Cuando
su pie apenas había rozado la camiseta sucia que usaba como alfombra algo le
golpeó. O, más bien, le empujó con la suficiente fuerza para hacer que se
tambaleara. Si en ese momento no se hubiera sujetado al toallero probablemente
habría caído de espaldas contra el grifo. No vio qué fue aquel algo. Daba la sensación de haber sido
algún tipo de energía o un cambio de presión provocado en el ambiente tras
abrir la puerta de la ducha. Pero era absurdo. Al final, atribuyó el suceso a
su propia imaginación y a un simple mareo provocado, quizá, por el vapor del
agua caliente.
Se
apoyó unos minutos en la pared para recuperar el equilibrio y se dirigió, acto
seguido, hacia el espejo para secarse el pelo. El espejo estaba empañado. Pasó
la mano sobre él. Pero el espejo seguía empañado. Una y otra vez pasó la mano,
la toalla, el papel higiénico sobre el espejo. Pero este seguía empañado.
Aquello le parecía surrealista.
Entró
en su habitación. Allí había un gran espejo en la pared, tras la puerta. Ante
su sorpresa, también estaba empañado. Pasó, una vez más, la mano, la toalla, el
papel higiénico. El espejo seguía empañado.
Recorrió
toda la casa y todos los espejos estaban empañados. Sentía el cuerpo agotado.
Se dejó caer en mitad de las escaleras.
Entre jadeos lanzó un grito de estrés. O quizá de miedo. O quizá el
grito surgió del interior de su cuerpo con la misma fuerza que la lava de un
volcán porque se había dado cuenta ya de un pequeño detalle.
Lo que
tenían todos los espejos en común no era que estuvieran empañados, sino que
detrás de aquel vapor adherido al cristal no se percibía, ni en lo más mínimo,
una silueta humana.
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