jueves, 2 de agosto de 2018

Vapor


            Aquella mañana se despertó, como todas las demás, a las ocho. Desayunó un vaso de leche fría acompañado por una tostada casi quemada y se dirigió directamente a la ducha. Aquella mañana saboreó el agua que caía sobre su cara. Notó algo distinto en su textura. La escupió. Sin hacer mucho caso a lo sucedido continuó lavándose: la cara primero, el pelo después, y, finalmente, el cuerpo.
            Se envolvió en una toalla amarilla, corrió la puerta de la ducha y salió.
            Cuando su pie apenas había rozado la camiseta sucia que usaba como alfombra algo le golpeó. O, más bien, le empujó con la suficiente fuerza para hacer que se tambaleara. Si en ese momento no se hubiera sujetado al toallero probablemente habría caído de espaldas contra el grifo. No vio qué fue aquel algo. Daba la sensación de haber sido algún tipo de energía o un cambio de presión provocado en el ambiente tras abrir la puerta de la ducha. Pero era absurdo. Al final, atribuyó el suceso a su propia imaginación y a un simple mareo provocado, quizá, por el vapor del agua caliente.
            Se apoyó unos minutos en la pared para recuperar el equilibrio y se dirigió, acto seguido, hacia el espejo para secarse el pelo. El espejo estaba empañado. Pasó la mano sobre él. Pero el espejo seguía empañado. Una y otra vez pasó la mano, la toalla, el papel higiénico sobre el espejo. Pero este seguía empañado. Aquello le parecía surrealista.
            Entró en su habitación. Allí había un gran espejo en la pared, tras la puerta. Ante su sorpresa, también estaba empañado. Pasó, una vez más, la mano, la toalla, el papel higiénico. El espejo seguía empañado.
            Recorrió toda la casa y todos los espejos estaban empañados. Sentía el cuerpo agotado. Se dejó caer en mitad de las escaleras.  Entre jadeos lanzó un grito de estrés. O quizá de miedo. O quizá el grito surgió del interior de su cuerpo con la misma fuerza que la lava de un volcán porque se había dado cuenta ya de un pequeño detalle.
Lo que tenían todos los espejos en común no era que estuvieran empañados, sino que detrás de aquel vapor adherido al cristal no se percibía, ni en lo más mínimo, una silueta humana.

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