Cuando
acabe esta guerra no seré el mismo. El alfiler blanco hace tiempo que atravesó
mi corazón. Noto, cada día, cómo infecta lentamente mi organismo con su veneno.
Lento. Muy lento. Siempre cambiante y con un objetivo claro. Otros luchan por
invertir el sentido de los peldaños que debemos pisar en esta guerra. Subir, y
no bajar. Mármol, y no tierra. Tras mucho tiempo, algunos libros afirman que se
ha conseguido crear, por primera vez, una gran escalera mecánica que sustituye,
contra todo pronóstico, las antiguas ideas de la tierra y el mármol. “El metal
acabará con la guerra” afirman. Ahora todos, cansados de bajar al frío, desean
subir hacia la prosperidad, pero solo unos pocos elegidos podrán acceder a
ella. Yo estoy entre los afortunados.
El
metal cruje y huele a húmedo. Está frío, a pesar de que cada vez hace más
calor. El destino es igual de desconocido que el de la antigua escalera
descendente. Dicen que ya queda poco. La temperatura parece estabilizarse cada
vez más; no hace ni frío ni calor. Al llegar a la cima, el horizonte es blanco
y deslumbrante. El paisaje va tomando forma a cada paso, y cada cual puede ver
cosas distintas. Quién sabe con qué variopintas imágenes nos toparemos en este
nuevo paraíso. Esto no es más que el principio para mí. La guerra ha terminado,
el veneno ha desaparecido y ahora reina el silencio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario