martes, 21 de agosto de 2018

La escalera


Cuando acabe esta guerra no seré el mismo. El alfiler blanco hace tiempo que atravesó mi corazón. Noto, cada día, cómo infecta lentamente mi organismo con su veneno. Lento. Muy lento. Siempre cambiante y con un objetivo claro. Otros luchan por invertir el sentido de los peldaños que debemos pisar en esta guerra. Subir, y no bajar. Mármol, y no tierra. Tras mucho tiempo, algunos libros afirman que se ha conseguido crear, por primera vez, una gran escalera mecánica que sustituye, contra todo pronóstico, las antiguas ideas de la tierra y el mármol. “El metal acabará con la guerra” afirman. Ahora todos, cansados de bajar al frío, desean subir hacia la prosperidad, pero solo unos pocos elegidos podrán acceder a ella. Yo estoy entre los afortunados.

El metal cruje y huele a húmedo. Está frío, a pesar de que cada vez hace más calor. El destino es igual de desconocido que el de la antigua escalera descendente. Dicen que ya queda poco. La temperatura parece estabilizarse cada vez más; no hace ni frío ni calor. Al llegar a la cima, el horizonte es blanco y deslumbrante. El paisaje va tomando forma a cada paso, y cada cual puede ver cosas distintas. Quién sabe con qué variopintas imágenes nos toparemos en este nuevo paraíso. Esto no es más que el principio para mí. La guerra ha terminado, el veneno ha desaparecido y ahora reina el silencio.

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