Aquí fuera todo es silencio.
Muchos
fueron los que dijeron que me arrepentiría. Nadie con quien hablar, nada de
disfrutar jugosas comidas, nada interesante que ver. Si estuvieran aquí, se
tragarían sus propias palabras.
En
mi anterior vida no es que hablara mucho, precisamente. Aquí, lo hago más de lo
que cabría esperar. Por una parte, tengo este cuaderno en el que escribo unas
cuantas horas al día- ya es una forma de hablar-, y, por otra parte, hablo,
claro que hablo, con todo lo que hay ahí fuera; y tengo la sensación de que me
escuchan.
La
comida no es ningún problema. No nos gusta la comida en sí misma, tampoco su
aspecto jugoso. Simplemente, estamos enganchados al sabor.
Aquí tengo todo lo necesario para reproducir cientos de sabores. La masa
blancuzca que como dos veces al día está más deliciosa que todo lo que haya
comido durante toda mi vida.
Ahora,
¿cómo contestar a aquello de que aquí no hay nada interesante que ver? ¿Cómo
describirlo con palabras? Aquí todo está vacío y lleno a la vez. A medida que
mi habitáculo avanza, paso de estar observando la más absoluta nada, la
oscuridad total, a ver esferas inmensas, unas, diminutas, otras, coloreadas
pasando desde el blanco más brillante, al gris, al azul, al verde y al negro más
imperceptible –tanto que a punto estuve de ser atraído en una ocasión por no
verlo a tiempo-. Tengo, incluso, una fotografía preciosa de cierto orbe de
dieciséis colores que vi una vez. ¡Algunos de aquellos colores jamás los había
visto!
Este
es el mundo de las maravillas.
Al
contrario de lo que se piensa, aquí no se siente soledad. Vago a la
deriva entre miles y miles de ojos brillantes, entre sistemas que se pasean en
su infinita paz por pequeñas porciones de esta inmensidad, entre incógnitas que
quién sabe si alguien algún día será capaz de despejar. Solo lamento no haber
nacido en un momento más avanzado en el que sea posible bajar a todos aquellos
lugares y descubrir qué se esconde en su interior.
Ahora
que siento cómo llega el final de mi vida, no tengo nada de lo que
arrepentirme. No recuerdo cuándo decidí acceder a ser uno de los primeros en
elegir el exilio voluntario, hace mucho tiempo que dejé de contar.
Solo recuerdo lo joven que era y lo mucho que me faltaba por ver. Fue la mejor
decisión de mi vida.
Aquí
fuera no hay avaricia, ni violencia, ni maldad. Aquí fuera hay belleza, calma,
silencio. Aquí fuera hay una muerte en paz con una sonrisa en la boca.
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