lunes, 13 de agosto de 2018

La mansión


He recorrido cada rincón de esta mansión laberíntica repleta de escaleras que no llevan a ningún lado. He perseguido sombras de color escarlata que surgían de las cortinas y corrían a esconderse en las alfombras. He oído voces cantando sobre ritmos que me hacían bailar en habitaciones azules ausentes de gravedad. Los mapas que dibujo cambian a su antojo cada vez que los miro en busca de orientación. O quizá sea que nunca recuerdo las indicaciones que he ido anotando en mi cuaderno negro, al igual que quizá no recuerdo que ya te he encontrado porque tú, que disfrutas de este juego, confundes mi memoria con este aroma a lluvia que impregna toda la mansión. Cuando recorro los pasillos decorados con cuadros en los que habita la lujuria y cruzo puertas de esmeralda que conducen a más puertas de esmeralda me encuentro a mí mismo en el espejo que hay bajo un reloj dorado; pero nunca me reconozco. Caigo a través de él hasta una cama decorada con frutas y habitada por serpientes verdes. Allí donde el suelo es el techo y el techo es inexistente me encuentro a cinco mujeres con vestidos rojos –el de una de ellas de cuadros- que ejecutan un extraño baile en el que, a cada vuelta que dan, los vestidos pasan a ser de color arcoíris, excepto el de una de ellas, que se vuelve azul. Al percatarse de mi presencia me apuntan con ballestas de diamante mientras sus labios carmesí se curvan hacia abajo. El impacto no produce ningún dolor, solo un olvido aún más profundo. Al final, siempre el mismo resultado: te escribo esta carta ante la puerta principal, esta titánica puerta de roble por la que no sé cuántas veces he entrado ya, como si mi búsqueda se hubiera reiniciado, como si el mundo se hubiera reiniciado. Ahora me doy cuenta de que tu escondite es a la vez una mansión y una torre, según la miro desde la derecha o desde la izquierda. Por dentro no deja de ser un laberinto. Como tú; como yo. Puede que solo como yo. Aún no sé a quién estoy buscando. Entregaré esta carta a tu cuervo blanco antes de entrar, como ya he hecho con las anteriores –eso creo-, para que la leas y te regocijes viéndome perder, una y otra vez, en tu juego del escondite.

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