He
recorrido cada rincón de esta mansión laberíntica repleta de escaleras que no
llevan a ningún lado. He perseguido sombras de color escarlata que surgían de
las cortinas y corrían a esconderse en las alfombras. He oído voces cantando
sobre ritmos que me hacían bailar en habitaciones azules ausentes de gravedad.
Los mapas que dibujo cambian a su antojo cada vez que los miro en busca de
orientación. O quizá sea que nunca recuerdo las indicaciones que he ido
anotando en mi cuaderno negro, al igual que quizá no recuerdo que ya te he
encontrado porque tú, que disfrutas de este juego, confundes mi memoria con
este aroma a lluvia que impregna toda la mansión. Cuando recorro los pasillos
decorados con cuadros en los que habita la lujuria y cruzo puertas de esmeralda
que conducen a más puertas de esmeralda me encuentro a mí mismo en el espejo
que hay bajo un reloj dorado; pero nunca me reconozco. Caigo a través de él
hasta una cama decorada con frutas y habitada por serpientes verdes. Allí donde
el suelo es el techo y el techo es inexistente me encuentro a cinco mujeres con
vestidos rojos –el de una de ellas de cuadros- que ejecutan un extraño baile en
el que, a cada vuelta que dan, los vestidos pasan a ser de color arcoíris,
excepto el de una de ellas, que se vuelve azul. Al percatarse de mi presencia
me apuntan con ballestas de diamante mientras sus labios carmesí se curvan
hacia abajo. El impacto no produce ningún dolor, solo un olvido aún más
profundo. Al final, siempre el mismo resultado: te escribo esta carta ante la
puerta principal, esta titánica puerta de roble por la que no sé cuántas veces
he entrado ya, como si mi búsqueda se hubiera reiniciado, como si el mundo se
hubiera reiniciado. Ahora me doy cuenta de que tu escondite es a la vez una
mansión y una torre, según la miro desde la derecha o desde la izquierda. Por
dentro no deja de ser un laberinto. Como tú; como yo. Puede que solo como yo.
Aún no sé a quién estoy buscando. Entregaré esta carta a tu cuervo blanco antes
de entrar, como ya he hecho con las anteriores –eso creo-, para que la leas y
te regocijes viéndome perder, una y otra vez, en tu juego del escondite.
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